22:41 | Autor Iglesia Hogar

El apóstol Tomás reconoció a Jesús como "Señor y Dios" cuando metió la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor.


14:08 | Autor Iglesia Hogar

Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo "eucarístico", en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y cada palabra. (2007)
22:47 | Autor Iglesia Hogar

La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. (2007)

23:33 | Autor Iglesia Hogar

Sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. (2007)
19:17 | Autor Iglesia Hogar
EL SEÑOR ABRE EL CAMINO

En la Casa de mi Padre hay
muchas habitaciones; si no
fuera así, se lo habría dicho
a ustedes, Yo voy a prepararles
un lugar. Ya conocen el camino
del lugar a donde voy (Jn 14, 2.4).


La comida pascual, el vino, la oración, la presencia fraterna, todo ello hace que el corazón se expanda y se vuelva propicio a las intimidades.
Jesús sabiendo que su hora está más cerca que antes, intima más y más con sus amigos.
Es verdad que habla casi Él solo. Pero también es verdad que es como si los discípulos le preguntaran cosas que sólo él sabe responder. Lo dejan hablas porque no hay necesidad de preguntas. Jesús conoce lo que necesita nuestro corazón.
El Señor nos revela otros secretos.
Se va a ir. Partirá muy pronto.
¿Dónde? A donde nosotros, por el momento, no podemos seguirlo…
Pero ya llegará el tiempo del gozo del santuario.
Cuando estemos frente a las gradas de Jerusalén celestial.
Por el momento, conformémonos con ser simples peregrinos.
Y el don del peregrino es el caminar.
El Señor Jesús nos deja.
Hay desazón. Pero él pos calma, debe irse. Debe dejarnos. Va a la casa de su Padre.
Pero no va a habitarla como quien va a un hogar mezquino y estrecho.
No.
La casa del Padre es hogar abierto.
Es casa grande.
Es el lugar donde siempre cabe uno más, como esas casas hospitalarias donde siempre se puede poner un cubierto más a la mesa.
Es una casa donde no entramos mediante atro­pellos prepotentes.
Es una casa a donde somos invitados, como hués­pedes queridos.
Es una casa, lo dice Jesús, con muchas habita­ciones.
Es verdad que muchos son los llamados y pocos los elegidos, pero también es verdad que nadie sino el Padre sabe cuántos son esos muchos y esos pocos.
Si la casa es grande es porque mucha gente debe poder entrar en ella.
El Señor irá, como el primero entre muchos resucitados, a prepararnos un lugar. Este secreto lo revela m la larga conversación de la noche pascual. Se va, pero no a tientas ni a locas a un lugar desconocido, sino a la casa del Padre. Y, a pesar de que nunca estuvimos allí, nos dice que nosotros sabemos el camino por donde él transitará. Y quien sabe el camino, sabe el término del camino...
Él va a preparar la casa, para que sea habitable. Pa­ra que esté limpia. Como lo haría cualquiera de nosotros en trance de recibir un invitado.
Jesús va a partir. No temamos. No se ha escondido. Sabemos dónde está...





TRANSITAMOS POR CRISTO

Yo soy el Camino, la Verdad
y la Vida. Nadie va al Padre
sino por mí (Jn 14,16).


El Señor, dialogando con Pedro, Juan y el resto de los apóstoles, les ha dicho que se iría para preparar la casa y sus habitaciones. También les dice que ellos saben el lugar adonde Él va. Pero los discípulos afirman que como no saben dónde va, ¿cómo podrán conocer el camino?
Jesús retoma la palabra. Sabe qué lo que diga quedará bien grabado. Son las últimas palabras. El mensaje póstumo.
Lo último que alguien dice —especialmente si la muerte sobreviene pronto—, es lo que más cerca está de nuestra memoria y lo que más pronto recordamos.
Jesús en un ambiente íntimo, propicio a la comunicación, se explaya y explicita la idea. Es como si dijera: _¿No se dan cuenta de lo que les quiero decir? Como cuando Felipe le pidió que le presentara al Padre, y Jesús le respondió que eso es lo que había hecho hasta ahora: manifestar al Padre.
Si alguien no conoce el camino, Cristo se lo señala; soy yo.
Si alguien no conoce el camino, Cristo se muestra como la senda a seguir.
¿Quieren llegar a la gloria? Yo soy la humildad, ca­mino hacia la gloria.
¿Quieren llegar al reino de mi Padre? Yo soy la ruta hacia ese reino.
¿Quieren llegar a la vida eterna? Cada una de mis bienaventuranzas es el camino hacia la vida que no tiene fin.
¿Quieren ser reconocidos como mis discípulos? Mi amor es el camino para que así ocurra.
¿Quieren ser mis seguidores? Mi cruz es el camino para que sean dignos compañeros de mi andar.
¿Quieren compartir un puesto en el cielo? Mi cáliz es el camino a seguir para que estén en esos lugares.
Yo soy el Camino...
No puedo imitar lo que de Dios hay en Cristo.
Sí puedo imitar lo que del hombre hay en Cristo.
No es una broma pesada que él nos diga: —Apren­dan de mí, que soy manso y humilde de corazón. La hu­mildad y la mansedumbre son condiciones-camino para poder recibir el nombre bautismal de cristiano.
¡Con qué convicción Jesús el Señor, sabiendo que al día siguiente vería su vida arrebatada por las hienas habrá hablado a los apóstoles en su última pascua! ¡Con qué ardor se habrá agitado su pecho, sosteniendo la joven cabeza de Juan, el discípulo que él amaba, como quien permite que alguien participe de un secreto que está oculto en el fondo del corazón!
—Juan: Yo soy el camino... Pedro y Santiago, sé­panlo bien; Yo soy el camino. No hay otra senda. El que quiere transitar por sus propios senderos se extravía y el lobo puede devorarlo.
Hermanos todos de todos los tiempos; Yo soy el Camino... No vayan por los atajos...



EFICACIA DE LA ORACIÓN

Si ustedes me piden algo en
mi Nombre, yo lo haré .
(Jn 14,14).

la cuenta regresiva se ha iniciado. El Señor Jesús si­gue hablando. Sabe que pronto no podrá hablar más (aunque en su afán de continuar el mensaje, haya quedado varios días, después de la resurrección, entre los suyos).
En otra ocasión les había dicho que no recibían porque no sabían pedir.
Porque no pedían bien.
Porque no pedían los verdaderos bienes.
Porque eran hombres de poca fe.
Ahora los incita e invita a pedir.
Pero no de cualquier modo... En mi Nombre. Como si fuera yo quien pide.
¿Y cómo pedirías tú, Jesús?
Sabiendo el querer de mi Padre.
En obediencia a Él.
Auscultando su corazón.
Si pedimos algo a alguien, conociendo lo que él quiere otorgar, de antemano sabemos que nos será da­do el contenido de nuestro pedido.
Si pedimos caprichosamente: —Quiero esto... y aquello... y lo de más allá..., como pediría un chico pose­sivo y terco, sabemos que el Señor será sordo a un lla­mado necio. Será vana nuestra súplica. Simplemente porque así no se pide.
El que pide, que lo haga como mendigo. No tenemos derecho a lo que pedimos. Lo hacemos como pobres.
Además, lo hacemos condicionando nuestro pedi­do a la voluntad del Señor: si es posible... si Tú lo quieres... si es un bien para mi alma.
Pedir en Nombre del Señor es permitir que Cristo use mis labios para que él pida en mí.
O yo volar hacia sus labios para pedir por su pa­labra.
¿Qué pidió Jesús? ¿Cómo pidió Jesús?
La oración del Señor nos muestra la calidad de ora­ción efectiva que quiere que nosotros profiramos.
Que venga su Reino. Que su voluntad se haga, aquí y allí. Que el pan de cada día —no el de mañana— nos sea otorgado.
Que nuestros pecados sean perdonados, sólo si no­sotros somos capaces de misericordia frente a las mise­rias del hermano.
Que no nos deje caer en la tentación. No que las tentaciones no vengan, sino que no sucumbamos ante sus embates.
Jesús sigue hablando. Incansable. Con pausa y con paz. Con convicción. Apelando al sentido común y a la fe. Abriendo en los interlocutores —en nosotros—, grandes apetitos. Sabiendo que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de Dios. Sabien­do que si pedimos algo en su Nombre, él responderá afirmativamente. Como el Padre respondió a sus re­querimientos...
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21:46 | Autor Iglesia Hogar


El Todopoderoso espera el "sí" de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. (2007)

13:16 | Autor Iglesia Hogar

28. Miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios (...). En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros. (2007)
23:14 | Autor Iglesia Hogar
¿DARÁS TU VIDA POR MÍ?


Jesús respondió a Pedro:
¿Darás tu vida por mí? Te
aseguro que no cantará el
gallo antes que me hayas
negado tres veces (Jn 13,38).

¡Qué jactancioso y pagado de sí mismo era el pobre Simón Pedro!
¡Señor, yo daré mi vida por ti! Yo jamás te negaré. Yo seré siempre fiel, no como Judas. Yo .. Yo... Yo...
¿Y quién eres tú, pobre Pedro? Sólo un hombre de carne y hueso.
Si vales es porque Cristo te dio el valor.
Cuando quisiste caminar solo, ¿cuál fue el resultado? El que te predice Jesús cuando charla amistosamente contigo en su cena.
El pobre Pedro quiere seguir al Señor, pero ahora.
Ya tendría tiempo de seguirlo. Por el momento, debe contentarse con escuchar y tener paciencia. Tenerse paciencia...
Pedro no sólo negará al Señor una vez..., o dos. Lo hará tres veces. Tendrá miedo. Lo han identificado. Es un galileo, como Jesús.
Habla con el tono de esa región.
Se ve denunciado.
La noche es oscura y sus fuerzas flaquean...
Pero... ¿no era acaso él un rudo pescador, acos­tumbrado a las tormentas? ¿Por qué le tiemblan ahora sus piernas?
En todos nosotros hay un Pedro. Un Pedro con miedo. Un Pedro que se creía gran cosa. Un Pedro que, en frío, cree y afirma que hará una y mil heroicidades. Pero, llegado el momento de la verdad, se dará cuenta que no es tan grande ni tan bueno como decía serlo.
Verá que no es tan fiel ni tan constante ni tan buen amigo como creía serlo. Constatará su fragilidad y su malicia. Es de carne y hueso. No es Dios...
El Señor, en la cena de los amigos, nos deja un men­saje: sabe de qué pasta estamos hechos. No hay ironía en él, sino conocimiento del corazón de los hombres.
Pedro no es Judas. Pero sólo su fidelidad posterior lo salvará. Sus lágrimas lavarán su pecado.
Judas tuvo remordimiento. Pero le faltó la última puntada: ir al Señor.
Pedro tuvo arrepentimiento: demostró que podía beber el cáliz que el Señor bebería.
¿Daremos la vida por el Señor? Sí... ¿En serio...? Si Jesús nos da la fuerza para serle fieles hasta el final.
No basta con esforzarme un día. Necesito fuerzas hasta mi último suspiro...




EL MANDATO DE LA CARIDAD

Les doy un mandamiento
nuevo: ámense los unos a
los otros. Así como yo los
he amado, ámense los unos
a los otros (Jn 13,34).

Les doy un mandamiento nuevo... No porque Cristo inventara la caridad, sino porque la vivió de modo único.
Jesús, en su extensa charla con los apóstoles en la cena pascual, sabiendo que la hora de su pasión se acercaba, quiere decir a sus amigos todo lo que su inteligencia y
corazón le dictan. Quiere que no se olviden de nada de lo necesario para ser sus seguidores y discípulos.
Y el tema del amor no podía faltar.
Es el tema que todo hombre busca solucionar para ser hombre.
Es el tema que todo cristiano debe tocar y vivir para ser cristiano.
Sabemos que el primer mandamiento es amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas. Y que el segundo, semejante al primero, es amar al prójimo como a uno mismo.
Eso nos pide hoy el Señor, dentro de su testamento. Amarnos los unos a los otros.
Pero no con cualquier amor.
No con el amor de los hombres, tan frágil y tan vo­luble.
No con nuestro amor de pecadores que se buscan a sí mismos sin encontrarse.
Con el amor de Dios comunicado al hombre.
Con el amor de Dios encarnado en un hombre.
Con el amor de Dios hecho manifiesto en Jesús el Cristo.
Dios es amor. El que vive en el amor, vive en Dios, y Dios en él.
Dijimos que no debíamos amarnos con cualquier amor, sino con el amor de Dios. Y no con cualquier mo­do de amor, sino como Cristo nos amó.
Hasta la muerte. Muerte al fin de la vida y muerte en vida a nuestros pecados y a la búsqueda de nosotros mismos.
Con un amor fecundo. Tan fecundo como el de Dios frente a la nada.
Tan fecundo como cuando de un poco de barro sa­ca un rostro de hombre.
Tan fecundo como cuando de un pecador saca un justo.
Un amor sostenido por la justicia: debemos amar…
Un amor misericordioso: barre con las miserias del amado.
Un amor que siempre busca dar y nunca recibir.
Un amor que mira al otro.
Un amor que mira junto con el otro.
Un amor sin barreras.
Un amor más fuerte que la muerte.
Un amor que no tiene fin.
Así como Cristo nos ha amado...
En la cena de la libertad, una nueva escena ha tenido lu­gar: Jesús se pone y propone como modelo de enamorado.



SOMOS DISCÍPULOS EN LA ESCUELA DEL AMOR

En esto todos reconocerán
que son mis discípulos: en
el amor que ustedes se
tengan los unos a los otros .(Jn 13, 35)

Los niños van a la escuela.
Los jóvenes, también.
Los adultos frecuentan universidades.
Allí donde hay necesidad de aprender, hay quienes enseñan y lugares adecuados para impartir y recibir tal o cual ciencia.
El Señor, hablando a los suyos, nos muestra que también nosotros necesitamos aprender. ¿Aprender qué? Aprender a amar…
No hay maestro sin discípulos y no hay discípulos sin maestro.
Jesús se manifiesta como el Maestro. Y nosotros como aprendices.
Somos discípulos en la escuela del amor de Cristo. Ya lo dijimos antes: no de cualquier amor, sino del amor pleno y del amor sin peros.
El discípulo del Señor debe mostrarse al mundo como alguien que ama porque antes fue amado. En el amor recibido aprendió el amor ofrecido.
Sólo entonces, el mundo reconocerá que somos de Jesús.
Vivimos un mundo violento. Un mundo de corazo­nes violentos y de relaciones violentas.
Vivimos un mundo que no conoce la paz. Hace mucho que olvidó el significado profundo de esa pa­labra. Sus paces son efímeras. Duran lo que un relámpa­go o lo que el paso de una estrella fugaz.
A ese mundo violento y de violentos debemos ense­ñarle. Debemos iniciarlo en el duro y lento aprendizaje del amor.
Sólo así el mundo será transformado en un mundo nuevo.
Vean cómo Jesús, en sus últimos momentos sobre la tierra, quiere volver sobre temas simples, aparente­mente triviales y archiconocidos.
Pareciera que el tema "amor" es sabido por no­sotros y que nada debemos aprender sobre él. Pero... ¡cuán lejos estamos de graduarnos! No hay amor sin olvido de sí. Más aún: no hay posi­bilidad de que me acuerde del otro si no me olvido de mí. Para amar hay que negarse a sí mismo. Hay que destruir los espejos que reflejan de modo narcisista nuestra propia imagen, excluyendo el rostro del otro.
Para amar hay que abrir las ventanas del corazón. Único modo de salir afuera. Para amar hay que abrir las ventanas de la inteligencia. Único modo de reconocer en el otro, lo que Dios puso en él. Único modo de reconocer en el otro, la cara de Cristo, hombre nuevo. Además, es el único modo de reconocer mi rostro.
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16:03 | Autor Iglesia Hogar
Yo soy el Pan de Vida

Este es mi Cuerpo que va a
ser entregado por ustedes
(Lc 22,19).

El Señor está haciendo las veces, en la celebración de su última pascua, del padre de familia.
Toma el pan. Bendice a Dios.
— Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan...
Parte el pan y comienza a repartirlo.
¡Es su Cuerpo!
Ah... ¡Ahora es fácil! Ahora entendemos lo que nos quería decir cuando enseñaba que había que comer su carne para entrar a la vida eterna.
Ahora entendemos.
¿Por qué no lo explicó así, de modo que no nos escandalizáramos?
Lo reconocemos al partir el pan...
Un misterio de amor tiene lugar.
El pan era pan y ya no lo es más.
Ahora es Pan de Vida.
Es Pan repartido.
Es Pan entregado al sufrimiento.
Es Pan regalado para que yo me regale con él.
Es Pan triturado como trigo en los molinos, para ser alimento del mundo entero.
Era pan y ahora es acción de gracias.
Era pan y ahora es Banquete del Espíritu que tam­bién sopla sobre esta creación, para hacerla nueva.
En cada celebración de la Eucaristía, revivimos es­te momento sacrificial para el que nació Jesús.
Sus manos toman el pan. Sus manos lo parten y re­parten.
Su voz bendice y da gracias.
En cada celebración de la Eucaristía, revivimos el banquete del cenáculo. No ya sentados entre almohado­nes. Ni comiendo cordero con hierbas amargas. Ni be­biendo varias copas. Pero sí sabiendo que el pan ya no es más pan... Que su Cuerpo está presente en medio de un nuevo pueblo.
Sabiendo que la última Cena seguirá celebrándose hasta el fin de los tiempos, como anticipo del triunfo pascual que festejaremos en el cielo con una cena, con el gran festín al que serán invitados los cojos y los ciegos y los que no imaginamos que podrían participar. Los obreros de primera hora y los de la última. Podría haber estado Judas, pero se fue de la cena,..
El Cuerpo de Cristo se entrega por nosotros y para nosotros.
El milagro de la multiplicación de los panes fue realizado, una vez más por Jesús. Y lo sigue realizando en cada misa celebrada en los grandes templos como en las más pequeñas y pobres capillas, ¡Danos de ese pan…!



Mi Sangre es verdadera bebida

Esta copa es la Nueva
Alianza que se sella con mi
Sangre. Siempre que la
beban, háganlo en memoria
mía(1 Cor 11,25).

Después de cenar, tomó la copa y bendijo nuevamente a Dios.
¡Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este , fruto de la vid!
Las vides del mundo con vocación a vino y el vino del mundo con vocación a Sangre de Cristo.
Esta sería la copa de la nueva Alianza.
El signo de un pacto sacrificial.
De un desposorio con la muerte y la vida.
La sangre derramada al pie del altar y sobre el pueblo, purificaba de los pecados.
La sangre de Cristo, derramada en la cruz y anticipada en la última Cena, limpia de raíz el pecado del mundo y permite que larguemos la ganga de impurezas y nos hagamos
nuevas creaturas.
El que no bebe mi sangre no tendrá vida eterna.
No tendrá parte en el Reino.
No será invitado al banquete sino quien guste del vino.
Vino que da alegría al corazón.
No es vino malo que emborracha. Pero sí vino que embriaga suavemente. Con la embriaguez de pentecostés que constituye cada misa celebrada por el pueblo de Dios.
Todo pacto, en el antiguo pueblo de Dios, era ratifi­cado por un sacrificio y por sangre de la víctima, derra­mada.
Lo que ahora hace el Señor, en vísperas de su pa­sión, es anticipar la cruz. Hacer que bebamos su Sangre para que supiéramos, con la impaciencia de los enamo­rados, lo que significa dar la sangre por otro. Dar la vida. Entregar el alma.
Siempre que bebamos la Sangre de Cristo, estare­mos viviendo el memorial de su pasión, muerte y re­surrección. El Misterio pascual encerrado en una copa.
Y fue ésta la última ocasión en que Jesús pudo be­ber la copa de la bendición con sus amigos y discípulos.
No bebería más del fruto de la vid hasta que pu­diera beber el vino nuevo añejado en las bodegas del amor. Y esto sucedería en el Reino pleno. En ese Reino que anticipamos cada vez que partimos el pan y bebe­mos la copa eucarística. Cuando eso hacemos, ¿qué ha­cemos? ¡Anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, hasta que vuelvas!
Que el retorno de Cristo nos encuentre perseverantes en su Sangre derramada para el perdón de los pecados...



Somos un solo cuerpo con Cristo

Les aseguro que el que
reciba al que yo envíe, me
recibe a mí, y el que me
recibe, recibe al que me
envió (Jn 13,20).

¡Cuántas cosas dice el evangelista Juan, de los momentos de Jesús en la última Cena!
Nos ofrece un verdadero discurso de despedida. Una larga conversación (que, en verdad, es sólo un monólogo, pues los discípulos no querían interrumpir a Jesús).
Antes de comenzarla, nos asegura una realidad: que Él está en nosotros y nosotros en Él.
Que no somos nosotros los que llegaremos a los lugares de misión, sino el mismo Jesús el que tomará nuestro cuerpo y se hará presente, representado por nosotros.
Eso es ser un cristiano: ser "otro Cristo". Cristo en mí. Yo en Cristo.
Eso es incorporarse a Cristo: hacerse un sólo cuerpo con Él.
La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo con el Se­ñor como Cabeza.
Somos —y ya los discípulos lo eran en la última Ce­na que estamos viviendo con Jesús— su familia. La fa­milia de los que han sido llamados y esperan ser elegi­dos.
Somos el cuerpo vivo del Señor viviendo una histo­ria en la que Jesús no está físicamente presente.
Sin embargo, por una rara y misteriosa ley que sólo Dios conoce, él nos da su forma, de modo que cuando él mundo nos ve, vea a Jesús en nosotros.
Recibiéndonos a nosotros, se recibe a Cristo.
Pero Cristo Jesús es el sacramento del Padre. Es su Signo. Su Ícono vivo. Por eso el que recibe a Jesús, recibe al Padre que lo envió.
El que ve a Cristo ve al Padre. Es su imagen y reflejo.
¿Seremos capaces de transparentar a Jesús? ¿Será nuestra voz, su voz? ¿Será nuestra pobre palabra, su rica Palabra?
En esta Cena de gozo y dolor, en cada Eucaristía de Muerte y de Vida, Jesús quiere que lo hagamos presen­te. Si así lo hacemos, Dios Padre forjará en nuestro rostro su imagen..., tal vez olvidada.
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15:47 | Autor Iglesia Hogar

27. En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. (2007)