8:52 | Autor Iglesia Hogar

Como todos los años la fecha del 20 de Julio nos recuerda el Día del Amigo. Para no quedarnos en lo exterior de un festejo, es oportuno considerar el significado de lo que celebramos. Ante todo creo que es importante no celebrar el día de la amistad sino del amigo. Este tiene un rostro y un nombre concreto que nos compromete. A veces buscamos la amistad como algo que nos acompañe, al amigo tenemos que acompañarlo. El amigo tiene grandezas y límites, no aparenta lo que no es, lo conocemos y nos conoce, y en esta dimensión de reciprocidad nos aceptamos.


El amigo participa de nuestra intimidad, tiene la puerta abierta, confiamos en él. Al hablar de esta condición del amigo siempre recuerdo la frase de Jesús a sus discípulos, cuando les dice: “Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn. 15,15). Creo que en este breve pasaje encontramos aspectos que definen la figura del amigo. La fuerza del texto está, precisamente, en ese “darles a conocer”, comunicarles algo de mi intimidad; el amigo forma parte de ese grupo más pequeño. No hay con ellos intereses ni segundas intenciones, mucho menos presiones que crean amigos circunstanciales: “hay amigos ocasionales, dice el libro del Eclesiástico, (pero) que dejan de serlo el día de tu aflicción” (Ecli. 6, 8).


El amigo nos enriquece con su presencia y su palabra, pero también con su silencio; cuántas veces el silencio de un amigo nos hace bien porque es signo de un amor que sabe y calla. El amigo nos abre a una relación que no es la de complicidad para hacer algo, sino de cercanía y comunión. Su presencia nos hace crecer porque busca nuestro bien y se alegra por el encuentro, por ello puede hacernos una crítica o corrección que siempre debe ser bien recibida porque nace del amor y la verdad. La adulación, en cambio, no pertenece al vocabulario del amigo, ella no nos habla desde la sinceridad sino desde el interés. Tampoco es propio del amigo hacer una crítica cargada de aparentes “buenas razones”, que sólo busca reducir e imponer su voluntad.


Como vemos hay un camino hacia el amigo que siempre estamos aprendiendo, él nos permitirá conservar su riqueza y ser agradecidos. El camino hacia el amigo se construye con sinceridad, humildad, libertad, capacidad de entrega que es olvido de uno mismo. Lo que se opone a este camino es el egoísmo y el orgullo, la envidia y la falta de gratitud, como el no reconocimiento a las condiciones y al éxito del otro. No esperemos de él lo que él, tal vez, no pueda darnos, sino en lo que nosotros podemos darle. Sólo en la escuela de la generosidad se aprende a encontrar un amigo. Un modo de vivir esta relación con el amigo es la oración, en la que lo tenemos presente ante Dios y pedimos por él. En la intimidad de la oración se conservan las cosas más valiosas. Por ello podemos preguntarnos en este día: ¿rezo por mis amigos?.


Deseándoles un buen Día del Amigo les hago llegar, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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