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REZAMOS por la unidad de las Familias defensoras de la vida 

En la misa los matrimonios renovarán sus promesas 

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SAN CAYETANO - 7 de agosto de 2012

Como todos los años el 7 de agosto, Fiesta de San Cayetano, se nos presenta el tema del Pan y el Trabajo como una realidad que hace a la vida y dignidad del hombre. Se trata de una propuesta que orienta, en su virtuosa unidad, la equidad y el desarrollo integral del hombre en la sociedad. Se acostumbra decir, con un dejo de sabiduría popular, que no llegue el pa
n a tu mesa sin el esfuerzo del trabajo y, por otra parte, que el trabajo te alcance para llevar el pan a la mesa de tu familia. Ciertamente, el pan se refiere a esa posibilidad real de alcanzar el pleno desarrollo del hombre y su familia, y no sólo a su subsistencia; así, cuando se habla del trabajo, se lo considera como expresión de la dignidad y libertad del hombre. Esta riqueza, sabemos, no proviene de cualquier trabajo.

Sólo cuando se alcanza o valora el significado ideal del pan y del trabajo, podemos decir que nos encontramos en camino hacia una cultura que supera la dádiva como el trabajo precario. Como a todo ideal siempre lo estamos construyendo, pero es necesario decirlo y hacer docencia, para sentirnos en camino. La repetición de una verdad nos ayuda a crecer, porque profundiza su significado. En un sentido es como la oración, que en su repetición nos ayuda a ahondar la verdad de la fe, permanecer en Dios y crecer en la vida espiritual. Cuando la gente se acerca a san Cayetano, sea para agradecer o pedir a Dios por su intermedio, lo que hace es actualizar en la oración su conciencia de hijo de Dios y su confianza en él. La oración hace a nuestra verdad.

¿Cuáles son los ámbitos primeros de conocimiento, aprendizaje y docencia de esta cultura del trabajo? Creo que la primera respuesta la debemos buscar en lo simple y cercano, por ello les hablaría de la familia y la escuela. Con todo lo que tiene de verdad esta afirmación sería injusto, sin embargo, descargar sólo en ellas toda la responsabilidad, como si a la sociedad en su conjunto no le cabría parte en ella, responsabilidad, diría, que es sobre todo política. Creo que la realidad de la familia y de la escuela merece, por ello, una atención y una ayuda que no siempre reciben. Ante todo ser reconocidas y valoradas, como también prestarles todo el apoyo que necesitan.

Todo gasto en ellas es la mejor inversión. Me refiero tanto a su valoración social, espiritual y cultural, como a todo aquello que haga a su mejor desarrollo. En esto incluyo los bienes materiales que van desde la vivienda, con sus necesarias mejoras en los servicios, hasta los edificios escolares con su implementación educativa y mantenimiento. Adquiere un lugar único y de particular relieve la atención que se debe prestar a las personas, pienso en los padres como en los docentes. Estos primeros ámbitos de una cultura del trabajo son imprescindibles, pero no alcanzan. En una sociedad globalizada las influencias sociales que determinan una determinada cultura, reconoce otras fuentes.

En este sentido pienso que, a los medios de comunicación social con toda su riqueza y necesidad en el mundo de hoy, les cabe una gran responsabilidad respecto a los valores e ideales que hacen a la cultura del trabajo de un pueblo. Sería injusto, por otra parte, atribuirles a ellos todos los males, es la tentación fácil de quién delega responsabilidades, pero no sería correcto no tener en cuenta su influencia en la vida y cultura de la sociedad. Hay un inconsciente colectivo que se va formando y que determina actitudes, tanto en el mundo de lo ético como estético, del que no es ajena la presencia de los medios, es más, en algunos ambientes tienen un influencia mayor.

Desconocer su influencia o minimizar sus efectos no ayuda a plantear el problema, sería un acto de miopía social o política. Creo que en un mundo de libertad se hace necesario, en este campo, llamar a la responsabilidad de productores y anunciantes, como de las autoridades a quienes les cabe un rol institucional. Puede parecer que esto no tiene mucho que ver con la cultura del trabajo, por el contrario, todo tiene que ver con todo. Es peligroso para una sociedad cuando cada parte se siente independiente del todo y no responsable del conjunto. Es necesaria la autonomía (actuar con su propia ley), pero no una independencia que nos aísla. Por ello, concluiría, que para recrear aquella cultura del Pan y del Trabajo, como ideal que moviliza a nuestra gente a san Cayetano, todos, como sociedad organizada, nos deberíamos sentir parte de un mismo bien común, donde el hombre en su desarrollo integral sea el centro.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor, que nos ha dejado en san Cayetano la referencia de una figura que el pueblo cristiano la ha hecho su Patrono.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
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8:21 | Autor Iglesia Hogar

Hoy se celebra el Día de todos los Sacerdotes en memoria a San Juan Maria Vianney, mas conocido como "El Cura de Ars", quien fuera proclamado "Patrono de todos los Sacerdotes del Mundo" por el Papa Benedicto XVI el 19 de junio de 2009. Su cuerpo se conserva INCORRUPTO en la Basílica de Ars. Su fiesta se celebra el 4 de agosto. Nació en Dardilly, en las cercanías de Lyon (Francia), el 8 de mayo de 1786. Tras una infancia normal, a los diecisiete años Juan María concibe el gran deseo de llegar a ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. El joven inicia sus estudios en el seminario, dejando las tareas del campo a las que hasta entonces se había dedicado.

Juan María continúa sus estudios sacerdotales en Verrières primero y después en el seminario mayor de Lyón. Todos sus superiores reconocen la admirable conducta del seminarista, pero..., falto de los necesarios conocimientos del latín, no saca ningún provecho de los estudios y, por fin, es despedido del seminario. Intenta entrar en los hermanos de las Escuelas Cristianas, sin lograrlo. La cosa parecía ya no tener solución ninguna cuando, de nuevo, se cruza en su camino un cura excepcional: el padre Balley, que había dirigido sus primeros estudios. Él se presta a continuar preparándole, y consigue del vicario general, después de un par de años de estudios, su admisión a las órdenes. Por fin, el 13 de agosto de 1815, el obispo de Grenoble, monseñor Simón, le ordenaba sacerdote, a los 29 años. Sin embargo, el Santo Cura se sentía feliz al lograr lo que durante tantos años anheló, y a fuerza de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones, había tenido que conseguir: el sacerdocio.

Durante tres años, de 1815 a 1818, continuará aprendiendo la teología junto al padre Balley, en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el padre Balley, y terminados sus estudios, el arzobispado de Lyón le encarga la pastoral de un minúsculo pueblecillo, a treinta y cinco kilómetros al norte de la capital, llamado Ars.

El 9 de febrero de 1818, San Juan María llegó a Ars. pueblecillo del que prácticamente no volverá a salir jamás.

Podemos distinguir en la actividad parroquial de San Juan María dos aspectos fundamentales, que en cierta manera corresponden también a dos fases de su vida.

Mientras no se inició la gran peregrinación a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así le vemos visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y a los enfermos; empleando gran cantidad de dinero en la ampliación y embellecimiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a sus compañeros de los pueblos vecinos. Es cierto que todo esto va acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensísima oración, de caridad, en algunas ocasiones llevada hasta el extremo para con los pobres. Pero San Juan María no excede en esta primera parte de su vida del marco corriente en las actividades de un cura rural.


Ya hemos dicho que el Santo solía ayudar, con fraternal caridad, a sus compañeros en las misiones parroquiales que se organizaban en los pueblos de los alrededores. En todos ellos dejaba el Santo un gran renombre por su oración, su penitencia y su ejemplaridad. Era lógico que aquellos buenos campesinos recurrieran luego a él, al presentarse dificultades, o simplemente para confesarse y volver a recibir los buenos consejos que de sus labios habían escuchado. Éste fue el comienzo de la célebre peregrinación de feligreses a Ars. Lo que al principio sólo era un fenómeno local, circunscrito casi a las diócesis de Lyon y Belley, luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre el cura de Ars en toda Francia y aún en Europa entera. De todas partes empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía, y es conocido el hecho de que en la estación de Lyón se llegó a establecer una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote, que trabajosamente había hecho sus estudios, y a quien la autoridad diocesana había relegado en uno de los pueblos más pequeños y menos devotos de la diócesis, iba a convertirse en consejero buscadísimo por millares y millares de almas. Y entre ellas se contarían gentes de toda condición, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas que irían a buscar en él algún consuelo.

Aquella afluencia de gentes iba a alterar por completo su vida. Día llegará en que el Santo Cura desconocerá su propio pueblo, encerrado como se pasará el día entre las míseras tablas de su confesonario. Entonces se producirá el milagro más impresionante de toda su vida: el simple hecho de que pudiera subsistir con aquel género de vida.

Porque aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Al ir y al venir a la casa parroquial, pasa por entre la multitud, y ocasiones hay en que aquellos metros tardan media hora en ser recorridos. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho. Sólo un prodigio sobrenatural podía permitir al Santo subsistir físicamente, mal alimentado, escaso de sueño, privado del aire y del sol, sometido a una tarea tan agotadora como es la del confesonario.

Por si fuera poco, sus penitencias eran extraordinarias, y así podían verlo con admiración y en ocasiones con espanto quienes le cuidaban. Los años y las enfermedades le impedían dormir con suficiente tranquilidad.

Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que a duras penas había hecho sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesionario. Es más: después de su muerte, hubo testimonios, abundantes hasta lo increíble, de su don de discernimiento de conciencias. A una prsona le recordó un pecado olvidado, a otra le manifestó claramente su vocación, a otra le abrió los ojos sobre los peligros en que se encontraba, a otras personas que traían entre manos obras de mucha importancia para la Iglesia de Dios les descorrió el velo del porvenir... Con sencillez, casi como si se tratara de corazonadas o de ocurrencias, el Santo mostraba estar en íntimo contacto con Dios Nuestro Señor y ser iluminado con frecuencia por Él.

No imaginemos, sin embargo, al Santo como un ser completamente desligado de toda humanidad. Antes al contrario. Conservamos el testimonio de personas, pertenecientes a las más elevadas esferas de aquella puntillosa sociedad francesa del siglo XIX, que marcharon de Ars admiradas de su cortesía y gentileza. Ni es esto sólo. Mil anécdotas nos conservan el recuerdo de su agudo sentido del humor. Sabía resolver con gracia las situaciones en que le colocaban a veces sus entusiastas. Así, cuando el señor obispo le nombró canónigo, su coadjutor le insistía un día en que, según la costumbre francesa, usara su muceta. «¡Ah, amigo mío! -respondió sonriente-, soy más listo de lo que se imaginaban. Esperaban burlarse de mí, al verla sobre mis hombros, y yo les he cazado». «Sin embargo, ya ve, hasta ahora es usted el único a quien el señor obispo ha dado ese nombramiento». «Natural. Ha tenido tan poca fortuna la primera vez, que no ha querido volver a tentar suerte».

Pero donde más brilló su profundo sentido humano fue en la fundación de «La Providencia», aquella casita que, sin plan determinado alguno, en brazos exclusivamente de la caridad, fundó el señor cura para acoger a las pobres huerfanitas de los contornos. Entre los documentos humanos más conmovedores, por su propia sencillez y cariño, se contarán siempre las Memorias que Catalina Lassagne escribió sobre el Santo Cura. A ella le puso al frente de la obra y allí estuvo hasta que, quien tenía autoridad para ello, determinó que las cosas se hicieran de otra manera. Pero la misma reacción del Santo mostró entonces hasta qué punto convivían en él, junto a un profundo sentido de obediencia rendida, un no menor sentido de humanísima ternura. Por lo demás, si alguna vez en el mundo se ha contado un milagro con sencillez, fue cuando Catalina narró lo que un día en que faltaba harina le ocurrió a ella. Consultó al señor cura e hizo que su compañera se pusiera a amasar, con la más candorosa simplicidad, lo poquito que quedaba y que ciertamente no alcanzaría para cuatro panes. «Mientras ella amasaba, la pasta se iba espesando. Ella añadía agua. Por fin estuvo llena la amasadera, y ella hizo una hornada de diez grandes panes de 20 a 22 libras». Lo bueno es que, cuando acuden emocionadas las dos mujeres al señor cura, éste se limita a exclamar: «El buen Dios es muy bueno. Cuida de sus pobres».

El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. Sin embargo, no pudo resistir toda la mañana en el confesonario y hubo de salir a tomar un poquito de aire. Antes del catecismo de las once pidió un poco de vino, sorbió unas gotas derramadas en la palma de su mano y subió al púlpito. No se le entendía, pero era igual. Sus ojos bañados de lágrimas, volviéndose hacia el sagrario, lo decían todo. Continuó confesando, pero ya a la noche se vio que estaba herido de muerte. Descansó mal y pidió ayuda. «El médico nada podrá hacer. Llamad al señor cura de Jassans».

Ahora ya se dejaba cuidar como un niño. No rechistó cuando pusieron un colchón a su dura cama. Obedeció al médico. Y se produjo un hecho conmovedor. Éste había dicho que había alguna esperanza si disminuyera un poco el calor. Y en aquel tórrido día de agosto, los vecinos de Ars, no sabiendo qué hacer por conservar a su cura queridísimo, subieron al tejado y tendieron sábanas que durante todo el día mantuvieron húmedas. No era para menos. El pueblo entero veía, bañado en lágrimas, que su cura se les marchaba ya. El mismo obispo de la Diócesis vino a compartir su dolor. Tras una emocionante despedida de su buen padre y pastor, el Santo Cura ya no pensó más que en morir. Y en efecto, con paz celestial, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, mientras su joven coadjutor rezaba las hermosas palabras «que los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén», suavemente, sin agonía, «como obrero que ha terminado bien su jornada», el Cura de Ars entregó su alma a Dios.

Así se ha realizado lo que él decía en una memorable catequesis matinal: «¡Dios mío, cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos? Entonces diremos al buen Dios: Dios mío, te veo y te tengo, ya no te escaparás de mí jamás, jamás».

Rezemos en este dia por todos nuestros Sacerdotes y por servicio al Pueblo de Dios.

Que nuestro Padre Celestial los Bendiga!!!
11:20 | Autor Iglesia Hogar
Este domingo 5 de Agosto a las 15hs, el grupo de voluntarios "Jóvenes Profesionales de Caritas", estarán realizando una nueva Jornada intitulada "Diverjuegos 3" en el barrio de la plaza Integración. Invitamos a toda la familia a participar. En el cierre de dicha actividad compartiremos un chocolate caliente. Informamos también que en caso de lluvia "Diverjuegos 3" se realizará en la Capilla San Cayetano.  
9:34 | Autor Iglesia Hogar
El logo tiene en el centro tres personajes, dos jóvenes unidos por y con Jesús. Estos jóvenes, se encuentran sentados en la playa, paisaje característico la ciudad de Villa Gesell. A su izquierda sobre el horizonte se puede ver la imagen del templo parroquial en sus inicios, la cual representa y acompaña a la identidad de esta comunidad parroquial desde 1997, última edición de Invasión de Pueblos en esta ciudad. Los jóvenes de toda la diócesis que asisten a este encuentro están representados por el círculo compuesto por los colores de cada una de las zonas. Por último el logo está rodeado por el lema (CREEMOS, CELEBRAMOS Y VIVIMOS), de esta 44°INVASIÓN DE PUEBLOS – VILLA GESELL 2012!
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